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Palo Pandolfo: "Soy un medium de la canción"

Poeta, compositor, místico. Nada alcanza para definir a Roberto Palo Pandolfo. Su energía imparable lo transforma todo el tiempo en algo nuevo. En esta entrevista habla de su lado espiritual, sus canciones, bandas y amigos de siempre. Un Guerrero de la Luz en cambio permanente.

Esta entrevista se hizo antes del Apocalipsis. Cuando las personas aún podíamos abrazarnos y visitarnos y todavía no existía la palabra coronavirus en el inconsciente colectivo.

Es verano y el calor espanta todo menos los mosquitos. Dejo el auto debajo de un tilo que oculta unas cigarras que cantan sin descanso. Estoy caminando hacia la casa de Roberto “Palo” Pandolfo, fundador de Don Cornelio y la Zona, Los Visitantes y otras bandas que representan un pedazo de la cultura rockera argentina. Alejado de su Flores natal, Palo vive en el Oeste del Gran Buenos Aires. Toco el timbre de un portón automático y me contesta la voz de un niño. ¿Está Palo?, pregunto. Ahí va, me dice la voz y a los minutos sale una chica con un perro salchicha que le corretea entre las piernas.

El calor es insufrible, casi como el perro. La chica, flaca y rubia, me dice que Palo no llegó todavía, que está demorado en la autopista. Me hace pasar a esa casa quinta que parece cómoda pero nada ostentosa. El ambiente es muy familiar: la cocina tiene un ventanal que da a un jardín con pastos desprolijos. En la mesa del living hay un jarro con el escudo de Independiente, club del que Palo es fanático, una notebook y dos chicos que miran dibujitos en YouTube.

Detrás un sillón, un equipo de música, una biblioteca desordenada con cedés, discos, libros. En la pared cuelga un cuadro con la tapa de Transformación, el ùltimo disco de Pandolfo que grabó con su banda La Hermandad. Después me enteraré de que se trata de la tapa enmarcada original del disco, hecha por su compañera, la misma rubia etérea que me invitó a pasar y esperar.

De golpe escucho el sonido del portón automático abriéndose. Detrás asoma una camioneta de esas que los padres ponen en doble fila cuando van a buscar a sus hijos al colegio. Una figura apaga el motor y se baja. Es Palo. Está empapado en sudor. Algunos de sus rulos gruesos se le pegotean en la frente. Sonríe. Hola, qué hacés viejo. Me saluda como si lo conociera de hace mil años. Estoy re chivado, perdón. Es este calor del carajo, que no para.

Los perros lo reconocen y vienen a saltarle encima. Son dos. Pancho, el salchicha territorial con ojos crueles que no parará de ladrar en toda la entrevista y Lobo, un enorme pan de dios. Entramos a la cocina. Palo toma un vaso y se sirve agua de la canilla. Tomá, querés? Esta es agua de pozo. Es lo más natural que existe. Me dice mientras agarra otro vaso y se sirve del monocomando de la pileta de la cocina. Me voy a cambiar y vengo.

Cuando vuelve, es el mismo y a la vez parece otro. Como si la energía que lo recorre estuviera en permanente ebullición. Me invita a ir al jardín. Nos sentamos en dos troncos frente a frente y entre mosquitos, pastos altos y cigarras, empezamos a charlar.

¿Cómo surgió la tapa de “Transformación”?

La hizo Verónica (su pareja) que es artista visual. El primer disco de La Hermandad se llama “Esto es un abrazo”. Lo grabamos en 2012 y salió al año siguiente. Yo venía como muy en la onda de lo que había sido “Ritual criollo” y “Antojo”, de mi etapa en solitario. Mi primer disco solista se llama “A través de los sueños”. Después empecé a armar bandas.

¿Te sentís más cómodo en bandas?

Sí. Siento que es la mejor manera en la que puedo laburar. Sobre todo para la música eléctrica y para poner baterías, guitarra, percusión, bajo. Si algún día soy cantor de tango, bueno, tocaré solo (risas). Con Mariano Mieres, que es el mismo guitarrista de La Hermandad, antes habíamos armado La Fuerza Suave. Para mí es un placer trabajar con gente así. Sacamos un sonido fresco, vivo, nuevo, alegre, original. Es como en cualquier banda grosa que nos gusta. En Los Beatles o Pescado Rabioso; desde Miles Davis Quintet hasta Piazzolla Octeto: son grupos. Los conciertos de Mozart para piano.

¿Te gusta el piano?

Sí, me gusta. Tengo uno acá en casa que se desafinó. Alguien vino y lo tocó mal. Tengo pendiente arreglarlo con un luthier. El día que arregle el piano va a ser genial. Está bueno para componer. El tema también es que yo con la guitarra entré en un mambo. Si algo logré en este Siglo XXI es convertirme en guitarrista. Antes hacía canciones.

¿Por qué decís que te convertiste en guitarrista?

Por salir a tocar con la criolla por todo el país y bancarme un show de dos horas, en solitario. Aprendí a tocar bien la guitarra; la práctica me hizo arpegiar mucho mejor y tener más control. Si tocás la española, la eléctrica es más fácil. Igual son diferentes: tienen diferencias en el sonido y en la manera de tocar.

¿Sos de ir mechando proyectos?

Siempre estoy con amigos yendo y viniendo. Nunca termino de cerrar nada del todo. En 2011 armé La Hermandad, un proyecto bien rockero. Venía de Ritual Criollo, que era más folclórico, de fusión, con Gustavo San Martín que es productor y compositor de Me Darás Mil Hijos. En La Hermandad estoy con Mariano Mieres, que también fue parte de La Fuerza Suave.

¿Tenés muchas ideas?

Estoy lleno de ideas que se disparan todo el tiempo. Soy indiscriminadamente así (risas). A veces pienso que todos pudimos haber sido un niño con miedo.Yo nunca tuve miedos. Me da plena satisfacción ser así. Con el paso de los años viví: la calle, la ruta, la experiencia, los amigos, la familia, el amor, el rock y las drogas. De todo lo que te nombré, no necesito nada. A mí me pasa que tengo una vibración naturalmente empática con las cosas que me rodean y las personas. Incluso con la gente rara. De chico me pasó que, de repente, estaba sentado en un colectivo y aparecía un linyera, una señora con esquizofrenia y se me pegaban. Creo que ese tipo de personas encuentra en mí alguien receptivo de sus mambos. Yo entablo diálogos con todos. Uno de mis grandes placeres es el furgón del Sarmiento, un miércoles a la noche. Me encanta esa marea humana descontrolada (risas).

¿Hay lugares que te inhiben?

Sí; en determinados lugares familiares, que tienen códigos diferentes, suelo replegarme. Incluso en mi casa. Cuando vivía con mis padres no era tan exultante. Mi viejo era una persona que exponía silencio. No hablaba mucho.

¿Cómo fue tu infancia?

Crecí en el barrio de Flores, en la parte sur. A seis cuadras de Plaza Flores. Ahí estuve hasta los 23 años. Mi vieja había crecido en el mismo lugar y mi viejo era de Floresta. Ambos hijos de inmigrantes. Lo interesante de mi vieja era que tenía una parte vasca entre tanta tanada. Gente laburante. De clase media trabajadora. Papá era un obrero de fábrica que quedó huérfano a los doce años y ahí empezó a trabajar para mantenerse. Era extraño mi viejo; por un lado había sido obrero toda la vida, y a la vez era socio del Club Regatas porque venía de una familia de clase media acomodada. De grande era socio vitalicio; le gustaba remar en su juventud. Digo que era raro porque conocía esos dos mundos. Y también leía muchos libros de política. Era militante socialista. De grande se fue poniendo más comunista.

¿Recordás algún libro de esa biblioteca?

Me acuerdo de un libro que se llamaba A Sangre y Lanza, de Liborio Justo, el político marxista argentino, que escribía con el pseudónimo de Lobodón Garra. Tenía un subtítulo que decía: “tragedia e infortunio de la conquista del desierto”, y aunque no lo creas un tercer título (risas): “el último combate del capitanejo Nehuén”. Es un libro fulminante de la saga de Calfucurá y la resistencia del cacique, pero desde el punto de vista del blanco. Liborio era nieto de un hombre que había estado en el ejército y había vivido en carne propia todo esto. Es una bomba el libro. Relata con crudeza la verdad de la masacre de los pueblos originarios. Para mí es el mejor libro de la historia argentina.

¿Y le gustaba el rock a tu viejo?

No. Estaba muy en contra de Los Beatles y de toda esa movida que había surgido en los 60. Por eso a mi me sirvió, porque era confrontar su cultura. Pensalo: la barba, el pelo largo, ser un drogadicto. A mi viejo le gustaba Louis Armstrong. Como si Armstrong no fumara nada (risas). Hacer rock para mí, era patear el tablero de lo establecido en mi casa.

¿Era una casa muy ordenada?

De parte de mi viejo, si. Pero del lado de mi vieja era muy diferente. Con ella siempre pude hablar y siempre me bajó una devolución y una mirada de lo que estaba haciendo. También hay que entender que soy el hermano menor de dos mujeres. Mi mujer dice que soy un gordo malcriado (risas).

¿Y tu vieja cómo era?

Mi vieja se volcó de muy joven al mundo espiritual. Se hizo espiritista. Creo que su historia define muy bien lo que termino siendo. Cuando yo tenía tres años, tuve un principio de tuberculosis. Me hacían un tratamiento con penicilina, pero mi vieja se enteró que existía la Escuela Científica Basilio, un centro de ayuda espiritual. En Basilio eran mediums. Trabajaban el sexto sentido de las personas desde el bien: muy enfocados en la figura de Jesús anticlerical como maestro. Pasó el tiempo, yo me curé y mi vieja se hizo maestra y directora de la escuela.

¿Desarrollaste tu lado espiritual?

En 2004, empecé a hacer prácticas de yoga. El yoga es un tipo de meditación y la meditación es una puerta a la iluminación. Se trata de poder parar de pensar un rato. Mi vieja le decía: “despejar la mente”. Es como una plegaria que te va poniendo en trance. Mi vieja me veía y se daba cuenta de que yo estaba atravesado de cosas. Ella es la que me mandó a estudiar guitarra.

¿Cómo fue eso?

En casa había una guitarra que era de mi hermana y ella nunca había tocado. Un día mi vieja agarró la viola y me la dio para que vaya a estudiar. Ahí empecé a desarrollar mi sexto sentido. Ahí empecé a canalizar toda mi energía. Yo la música la puedo hacer instantáneamente. La saco de lugares que ni yo sé de dónde sale. Es una transmisión de algo. No la concibo como creación, sino como agarrarla de un lugar desconocido y traerla a este plano. En ese sentido creo que me convertí en un medium.

¿Te sentís así?

Es un tema delicado. La gente de nuestras razas y ciudades, estamos bastante alejados del mundo espiritual. El Ser y los Grandes Sabios Místicos encuentran todo un universo en una gota de rocío en una hoja del jardín. No necesitan más que una planta de jazmín para sentirse en contacto con el universo y con la totalidad. Las ciudades son lugares de encierro; la energía se encierra. Yo me fui de la ciudad en el ´94. Cada uno de nosotros vamos haciendo un camino y tenemos el mismo don que Siddartha y Buda, pero hay que querer desarrollarlo. Lo que rebaten los místicos es justamente esa visión cristiana de pensar que Cristo es un rey; lo que vino a decirnos, como todos los maestros espirituales, es que todos somos entes espirituales y trascendemos la materia. Esa energía universal que nos funda proviene del amor cósmico.

¿Tuviste visiones alguna vez?

Soy de escuchar voces. También tuve visiones, mal llamadas así, porque en verdad son videncias. Una vez estaba por pedir un crédito en un banco y no sabía si hacerlo o no. Tenía mucho miedo porque era medio jugado hacerlo. Justo ese año habían fallecido mi madre y mi hermana. La cuestión es que yo estaba enfrascado en mis pensamientos, volviendo en el tren,, abrazado a mi bajo y tomando una cerveza; en un momento, levanté la mirada y los ví a los tres: mi padre, mi madre y mi hermana. Se cagaban de risa y me decían: ¡hacelo! y al final me convencieron (risas). Yo me cuido de hablar de estas cosas. No suelo hablarlo tanto porque no todas las personas tienen una visión espiritual de la vida.

¿Esto te influyó a nivel musical?

Por supuesto. Tengo un disco solista que se llama A Través de Los Sueños. Ahí compuse Todos somos el enviado. Esa canción partió de un sueño que tuve con mi vieja. Hay sueños que son más contacto con otros mundos, y otros son del inconsciente propio. En ese sueño, las ciudades, en vez de calles, eran océano. Con mi vieja nadábamos en ese océano rodeados de edificios, en medio de la ciudad. Por eso la letra dice: cuando desperté/ la sensación de hablar ahí/ con los que no están/ permaneció nadando en el mar. Yo hago arte con eso. Para mí la música se parece a los sueños: es un lugar sin tiempo.

¿Cuál fue la primera canción que aprendiste?

Zamba de mi esperanza. Cada vez que puedo la sigo escuchando. Me gusta mucho la versión de Jorge Cafrune. Es como algo zen: amanecida como un querer. La esperanza es un arquetipo. Es una luz. Mi vieja me lo dijo: es una nube de luz que nos recubre; un dios. Son categorías muy elevadas que nos ayudan en nuestro paso por la Tierra.

En tus canciones está muy presente la esperanza…

Dos de mis composiciones, que considero más importantes, son Ella vendrá y Estaré. En ambas está la esperanza reflejada. Me di cuenta de grande de esto. En el caso de Estaré, fue un pedo: estaré/ estaré/ a donde salga el sol ; es una alegría, un shock. Te diría que surgió de manera casi inconsciente. Fue un accidente del devenir. Fui poseído por un espíritu y no podía parar. En el chamanismo hay mucho de repentismo. La performance tiene raíces ritualísticas muy antiguas. Cantar no es un mero cantar: estás moviendo energías.

Está relacionado con la religión…

Sí, claro. Incluso antes de la religión. Es el mundo mágico ritual. Cuando el ser humano descubrió que podía hacer una letra, fue un momento de revelación suprema. Una visión. Cuando la mente se retira y deja lugar a la intuición y a los sentidos profundos. Son estados de gracia y trance. La neurosis no es creativa (risas).

¿Siempre fue así?

No. Por ejemplo, en los ´90. La neurosis fue el objeto de esa década. Sobre todo en el arte; en Tarantino, sin ir más lejos. Los noventas son el himno a la neurosis. Por eso fueron un quilombo. Es decir: este infierno está encantador/ este infierno está embriagador. Los Redondos son nuestro culto a la neurosis: maldición, va a ser un día hermoso. En ese momento nos esnifaban la cabeza y nadie ni nada nos podía parar. Era todo así. Es el anti-arte, la anti-vibración.

Cuándo sentiste todo esto de las vibraciones espirituales… ¿Ya cantabas?

Lo que pasa es que yo empecé a cantar de muy chico. Desde que tengo memoria que estoy cantando. Creo que soy consciente, y a la vez no, de todo lo que me pasa. Mi generación de los ´70 y ´60 explotamos la lectura de buenos libros, películas alternativas, y todo lo referido a la contracultura. Estoy atravezado por eso. Hoy, para un chico de trece años, la contracultura es el trap o el hip-hop. A mí me gusta toda esa movida. Viene con una cosa loca similar a la cumbia villera, la criolla; son ritmos medio lentos y el trap tiene un sólo bombo. Me encanta. También el funky, lo afro-americano, y la mestizura. Algunas de esas músicas nuevas son medio fisuras; la neurosis de los ´90 se convirtió en algo oscuro y sexista. Igual no dejan de gustarme esas cadencias de lo bajo.

¿También lo relacionás con lo ritual?

Claro. La raíz de todo esto es lo africano. Ellos no separan el cuerpo del espíritu; son un ente estático en movimiento, con un swing. Es un mantra, una vibración y una repetición determinada. Mismo el judío ortodoxo, o de cualquier religión milenaria practicante: necesitan del trance hipnótico para correr la mente. El trap tiene algo de eso, porque esa repetición en el bombo te mete en un lugar similar. También hay una utilización industrial del arte y de la política. El ensalzarse con productos que son muy reventados y viciosos… le conviene al sistema.

¿Por qué?

Es muy común que los rockeros digan: la cumbia y el trap son una mierda. Eso es ridículo. No tiene ni pies ni cabeza. ¿Quién puede criticar a un género musical? Si vos venís y me decís: “a mí no me hables nunca de trap, que es una mierda y bla, bla, bla”, te voy a preguntar: bueno, ¿de qué hablamos? No se puede hablar de nada entonces (risas). ¿Sabés lo que pasa? : nos dijeron que somos libres, pero todavía seguimos colonizados.

¿En qué sentido?

Para mí la respuesta es obvia: son muchas décadas de colonización de parte del cine, la televisión y los medios de comunicación en general. A la gente le hicieron creer que los pobladores originarios de esta tierra eran negros de mierda -y que hoy lo siguen siendo- para traer inmigrantes europeos, los “verdaderos civilizados”, que iban a traer el progreso. Esto nunca fue así. Los europeos son gente como cualquier otra, que vino a vivir acá como cualquier campesino bruto del Piamonte. Entonces, ¿quién puede decidir sobre qué ser humano es más digno que otro? Por otro lado, pensemos: ¿de qué le sirvió esto a la Argentina? ¿Dónde está el desarrollo, la producción y las promesas de esos liberales? Estaban concentrados en hacer la revolución industrial y nos mantuvieron a nosotros como un país agro-exportador que los beneficiaba únicamente a ellos. Se impuso el modelo de una tierra repartida entre pocas familias y eso es inviable desde el principio. El problema de la tierra en el país va a explotar en algún momento, porque no es algo que esté para nada resuelto.

¿Ves un cambio a nivel luchas sociales?

Es algo que nos está atravesando y transformando a todos. Una nueva era, que plantea discusiones nuevas. Ese poder que yo veo en la revolución industrial es puramente patriarcal. Por eso el feminismo es una lucha obligatoria. Hace poco leí a Angela Davis, la militante feminista norteamericana, y ella lo dice bien claro; la causa feminista es triple: es de género, clase y raza. El macho patriarcal revienta negros, pobres y mujeres. Por eso lo ligo con la causa mapuche.

¿Viste abusos en el rock?

Yo hace quince años que estoy casado. Soy bastante consecuente con mi vida. No puedo sostener un doble discurso o una mentira. No me sale. En Los Visitantes, estaba mi novia siempre conmigo. Tengo un comportamiento más de varón domado que de macho alfa. Aunque me das un poquito de hilo y barrileteo como el peor. Nadie está exento de ser un animal. Me gusta tomar mucho alcohol y quedar vociferando como un salvaje, un cacique poseído. Entiendo las pasiones del varón y la mujer. Bill Wyman, que fue bajista de los Rolling Stones, cuenta en sus memorias la cantidad de mujeres con la que estuvo cada uno de los miembros de la banda; como si fueran un botín de guerra. Eran cazadores ingleses detrás de la presa.

¿Y la violencia de género?

Ese tema y los femicidios me parecen aberrantes e inconcebibles. El Poder Judicial es re patriarcal. Está hecho por gente que mató negros a mansalva. Tipos acostumbrados a disponer del cuerpo de los otros; tanto varones como mujeres. No es tan simple el feminismo. Atraviesa las familias, las relaciones personales, todo. Creo que es lo revolucionario del momento. Nuestras hijas están teniendo una cabeza totalmente diferente. Lo positivo que veo en todo esto es que yo tengo hijas que imagino que van a lograr relaciones personales alejadas del sometimiento. Esa es la esperanza que tengo. También hay que tener en cuenta que toda relación humana es compleja y desbalanceada. Nada es equilibrado y perpetuo. Cualquiera se puede equivocar y tener reacciones conscientes o inconscientes y ser más brutal la pasión, la frialdad o la distancia. Uno puede ser hiriente con la mirada. Gran parte del feminismo está a la expectativa de ciertas lideresas, pero a la vez es transversal. Yo he laburado con Marta Dillon y lo hago desde hace veinte años. Somos la gente de John Lennon. Soy fan de John y Yoko. No creo en esos forros que dicen que Yoko destruyó a Los Beatles. Las pelotas. Yoko Salvó a Lennon de su propio ego. Las mejores canciones después de la ruptura de Los Beatles son de Lennon. Soy fan de él. Es un músico que le canta a la mujer como nadie.

¿Qué personas conociste en tu vida que dijiste: no lo puedo creer?

Uno de ellos fue Osvaldo Bayer. Lo leí mucho y cuando le di la mano, quedé electrificado. Me recorrió un rayo desde la planta de los pies hasta el último pelo. Fue como darle la mano a un rayo. Después me apichoné y no quise hablarle mucho. Él tenía toda la onda. Después lo volví a ver en otra oportunidad y me reconoció en seguida. Ahí quedé temblando. Otro de ellos fue Spinetta. Cuando grabamos Patria o Muerte, con Don Cornelio y la Zona, el productor era Andrés Calamaro. Un día cae Andrés con El Flaco. Escuchó un tema que hicimos de aquel disco: Cabeza de platino. Cuando terminamos de tocar, se dio vuelta y dijo: oscuro, como la noche. Nosotros nos morimos, porque todos éramos recontra fans de Spinetta. Yo tenía 23 años y no lo podía creer. Fue algo místico, una bendición.

¿Cuando grabaron “Patria o Muerte” hubo un quiebre?

Nos contrató una compañía, lo cual para nosotros era lo mismo que un milagro. Ellos nos vinieron a buscar a nosotros. Una subsidiaria de EMI. Hicimos “Patria o Muerte” como un acto rupturista y deforme punk. Estábamos para ser una banda hermosa y enorme de discoteca y grabamos algo revulsivo y antisocial. Ellos nos odiaron (risas). Mi carrera está signada por esa dualidad: de repente hago una cosa re pop, re comercial, y después caigo con “Patria o Muerte”. Siempre tengo un pie adentro y uno afuera del sistema. Hace tiempo que lo entendí y lo disfruto. Y lo mejor de todo es que es un lugar absolutamente mío.

¿Es un lugar de incomodidad permanente?

A veces no tengo plata, me muero. Ahora tengo una casa. Después debo plata. Nada de lo que hago es lineal. Me falta equiparme. No es que tengo el cielo ganado y siento que tengo que seguir laburando.

No estás como El Indio Solari…

No; nunca gané guita. Tengo una sola guitarra eléctrica. Soy un rata. Alimento hijos hace 20 años. Hago cosas, me canso, me voy, vuelvo. Hago proyectos que nadie entiende; otros me adoran. Hago lo que me sale.

¿Te reencontrás con viejos amigos músicos para tocar?

Sí, claro. Con Federico Ghazarossian, por ejemplo. Con él hicimos Los Visitantes. Quería invitarlo cuando grabé “El Vuelo del Dragón”, para que esté presente en algún tema, pero no pudimos coordinar. Es una persona única; un poeta y un místico. Vibra en la misma sensación que yo en el sentido espiritual. Por eso hicimos esa banda que era Los Visitantes del Espacio Exterior. Fue una manera loca y rockera de decir: somos espíritu. Con Federico tenemos mucha conexión, y la carrera que hizo me parece increíble. Es un artista.

¿Qué te motivó a hacer un tema como Playas Oscuras?

Ese tema lo hice en la época final de Don Cornelio. Después lo grabé con Visitantes, pero lo venía trayendo de antes. Surgió un día que salí del cine, de ver “Regreso sin gloria”, sobre la Guerra de Vietnam. Jane Fonda hacía de la mujer de un militar y se enamoraba de un veterano que estaba en silla de ruedas, medio hippie, pacifista. En la película es el marido de Jane Fonda el que termina suicidándose: es el que hunde la nariz en la espuma de las olas. Es un relato del suicidio y de lo que pasa en la película. Lo que pasa es que lo escribo en casa, con papel y birome, y empiezo a jugar de manera poética. Hay una transferencia: aparecen mis viejos. Es una ensalada psicológica.

¿Cómo aparecen?

Textualmente. Mirá: ella juega con medallas/ velas y libros sin tapa. Esa es mi madre, que es una bruja. Y la otra estrofa sigue: él, pendiente de las luces/ sin dios, viaja por el cielo. Ese es mi padre, el marxista sin dios, pendiente del iluminismo y la razón. Estoy todo el tiempo pivoteando entre mis viejos y la película. Lo hice en veinte minutos.

¿Tan rápido?

Es que el tema iba fluyendo. Compongo con cuaderno y grabador. Por ahí hago una parte, lo escucho y le pongo otra cosa que me gusta de la letra. El tema fue saliendo con la frescura de esa energía del momento. Los Beatles también componían así. Igual, puede haber temas que tomen más tiempo. No es que todos son así. Algunos me toma más tiempo la letra o la melodía.

¿Esa poética te surge de la nada? Parece que hayas leído a Quevedo o a Góngora…

Es que los leí (risas). ¡Leo a Gongora, boludo! ¡ y a San Juan de la Cruz!. Leo de manera anárquica y no sistemática.

¿Seguís creyendo que cada persona se mide por el tamaño de su corazón?

Hay algo en el otro que me seduce. Yo viví mucho tiempo en Moreno, que es un vergel de razas sudamericanas. Tiene 600 mil habitantes. Te sentás a tomar un café en la esquina de la estación y ves pasar toda la humanidad. O fumar un cigarrillo en Once. Me pasó de estar parado en Plaza Miserere y que venga alguien, me reconozca, me pida una pitada y se vaya. Eso me encanta. Lejos de darme paranoia, me hago una panzada de humanidad. Para mí, el otro es muy nutritivo. Me interesa sobremanera la persona.

¿Hasta dónde querés llegar?

El camino del guerrero es llegar a bien a viejo. Como El Tantra. La suma de experiencias es la que te puede permitir hacer ese traspaso hacia el mundo elevado y no quedar atado a lo material. Es Don Juan o El Tantra. El camino de la liberación. A mí todavía me falta depurarme. Necesito paz y una vida más retirada. Trabajar más la energía y seguir perfeccionando lo vocal y la guitarra. Hacer de la locura, de la vibración y del arte, un oficio. Para mí, vivir de esto, es un absoluto privilegio.

Me acompaña hasta la puerta y me despide con un abrazo. Queda con la mano levantada hasta que su figura desaparece a la distancia. Así es Palo. El Guerrero de la Luz que acumula experiencias. El hombre que aún cree que cada persona se mide por el tamaño de su corazón.