Murió hace 30 años bajo las ruedas del tren del Ferrocarril San Martín que podría haberlo llevado de regreso a su casa en Caseros City. Una recorrida por su trágica vida descubre un dato por lo menos sorprendente: los hechos que lo hicieron trascender sucedieron en menos de un año y medio.
Tango feroz pintó apenas unos leves trazos de lo que fue la vida del verdadero Tanguito. El negrito José Alberto Iglesias, Tango, no lo pasó bien ni alcanzó la gloria o la fama. Sin embargo, de ese duro paso suyo de apenas 26 años y unos meses por Buenos Aires quedó un mito que sobrevivió al paso del tiempo y que, gracias a la película que recreó su leyenda, llegó a convertirse en un fenómeno de masas. Por qué se instaló tan firmemente su figura en el inconciente colectivo de una ciudad, es un misterio que seguramente nadie podrá develar.
Hoy se cumplen 30 años de su intespestiva partida. Y una prolija recorrida por su vida, hecha para hacer un intento de desentrañar qué misterior se conjugaron para crear la leyenda, saca a la luz algunos datos por lo menos llamativos. Por ejemplo, los hechos más trascendentes de su vida artística, que fueron finalmente los que lo hicieron trascender y perdurar, acontecieron en un lapso de menos de un año y medio.
De diciembre de 1966 a abril de 1968 soplaron vientos a favor para su figura de morocho suburbial: en ese tiempo participó de un espectáculo en cierta forma antológico junto a varios de sus amigos músicos de La Cueva, compuso La balsa con Litto Nebbia, vio cómo ese tema fue grabado y poco después se convirtió en un éxito de proporciones, ganó un buen dinero como autor, protagonizó una irrupción generacionalmente trascendente, la de los hippies, actuó en la televisión y consiguió grabar como solista y con producción por única vez en su vida. Todo, en solo 15 meses.
Está claro, cómo quedó tanto de tan poco, sigue siendo una de las más grandes incógnitas de la historia de la música popular de la Argentina.